martes, 8 de julio de 2014

El comienzo



A pesar de que me encantaría contar (y tal vez un día lo haga) todos los motivos que me empujan día a día a ir a 'trabajar' al refugio, y digo 'trabajar' porque allí disfruto con todo lo que hago, quiero explicar qué fue exactamente lo que me hizo empezar como voluntario allí.

Me avergüenza admitir que yo, siendo un ferviente defensor y amante de los animales, no conocía la existencia de el refugio de Baeza, aunque ejemplifica muy bien cuán claro tenía que quería ayudar que fue cuestión de un día descubrirlo y apuntarme como voluntario.

Mis padres mantenían sobre la mesa una conversación acerca de los perros de tío, de cómo todos los días iba a verlos un rato a la finca donde los tiene, en el camino hacia el refugio, de que todos los días les subía agua y comida, y casualmente, que muchas veces coincidía con María Teresa, la mujer que durante tanto tiempo se ha encargado, ella sola, de la manutención de la protectora. 


Pregunté inmediatamente acerca de ella, acerca del refugio, de si podía ayudar, de que cuándo pedían donaciones, de si se podía ir a ver a los animales... Ante la avalancha de preguntas recibí un irónico "Si tanto te gustan los animales, vete allí de voluntario". Y no lo dudé ni un instante.



Ese mismo día debía volver a Granada, y no tenía tiempo para ir personalmente al refugio a buscar a María Teresa, pero fue llegar, conectar el ordenador y buscar por toda la red información acerca de la protectora de animales de mi pueblo. Encontré varias páginas webs, con varios teléfonos. Me equivoqué como cinco o seis veces llamando, y otras tantas que no obtuve respuesta. Aprovechando que acababa de hacerme facebook y que había encontrado datos acerca de la presidenta de dicha asociación, traté de comunicarme a través de internet. En cuanto pude contactar con ella la llamé, estuvimos hablando un rato largo. Me fascinaba todo lo que me decía, todo lo que me contaba, todo sobre lo que me hablaba. El refugio era mi sitio, lo sabía, y eso que nunca había estado allí.


En cuanto regresé a Baeza acompañé a María Teresa al refugio. Me presentó a los animales, estuve con ellos, me explicó otras muchas tareas y pregunté otras tantas miles de cosas. Sinceramente, había mucho que hacer y muy pocas manos para tanto trabajo, y yo y mis ganas inmensas de trabajar no podíamos echarnos para atrás. Había tantos animales, había tantas miradas, tantos ojitos dulces entre las rejas con tantísimo cariño que dar, y que quede entre nosotros, yo atravesaba un momento de tan baja autoestima y tanta soledad que al final no sé si fue más por el bien de los perritos o por el mío propio decidir quedarme con ellos.                                                                                                                                                                 Ellos me aceptaron inmediatamente, y les voy a estar siempre agradecido; nada más conocerme se acercaban a mí, con una mirada que calentaría el corazón de cualquier persona, se abalanzaban incluso, me daban su cariño, y pedían mis caricias. Fue la mejor bienvenida de mi vida. 

También estoy muy agradecido a María Teresa, que me dio la oportunidad de colaborar allí y me brindó su confianza desde el primer día.

Como un buen perro que soy yo también, no me voy a separar nunca de ellos, de mi otra familia.

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