domingo, 10 de agosto de 2014

Un paseo para conocer a Gema

Gema se llama, Gemi le digo yo, y sé que lo adora, de hecho, la foto de la izquierda salió tras llamarla de ese modo. Así es, Gema adora el calor y el cariño de las personas, y esto no es algo que podamos decir simplemente con echarle el ojo dentro del refugio. Allí, es una actriz secundaria que no busca llamar la atención; jamás golpea las vallas cuando alguien se acerca a la puerta de su box, no se impacienta por salir y no se abalanza sobre los que estamos por allí cuando está suelta. Gema deja eso para los demás, como aceptando que ya nadie va a fijarse en ella.
Gema lleva cuatro años en el refugio, los cuatro años que ha durado su vida, porque entró siendo una preciosa cachorrilla de tres meses, arrastrando una historia escalofriante: Fue salvada gracias a unos vecinos de Baeza, retirada de su amo, un demente que recogía perros para dejarlos morir de hambre.
En esos cuatro años nadie ha sabido ver las grandes cualidades de Gema.


Para conocerla mejor, ayer la saqué a pasear por Baeza, aprovechando que estamos buscando un mastín que anda suelto y del cual no conocemos su paradero. No tardé mucho en ver cómo era Gema en realidad.
Me costó mucho sacarla del refugio. En primer lugar porque al llamar al resto de sus compañeros para que regresasen al box, Gema era la primera en obedecer y entrarse, lo que me hizo tener que meterlos a todos y luego sacarla a ella en peso. Entre que no estoy fuerte, que ella pesará unos veinte kilos y que había que abrir el cerrojo de la puerta desde dentro, me llevó unos veinte minutos tener a Gema en el patio sola.

Le puse arnés y correa, porque no sabía cómo iba a reaccionar al verse con campo para correr. Entendámoslo, Gema es un cruce con galgo, y el instinto es el instinto. El segundo problema fue que Gema no quería alejarse más de tres pasos de su perrera. Recordé que tenía un paquete de salchichas en la mochila (las usamos para poner los tratamientos de manera cómoda) y usándolas como cebo conseguí, no sin esfuerzo, sacar a Gema del refugio. Fue pisar la tierra y Gema cambió. Ya no era yo el que tiraba de la correa, ahora era ella. Ya no daba los pasos con incertidumbre y desconfianza, daba zancadas, pude notar que tenía ganas de correr, y pese a que eran las cinco y media de la tarde del 9 de agosto, dejé que corriera, para lo que tuve que ponerme a correr yo. Me sorprendió la capacidad de Gema para entender órdenes, y por supuesto, su obediencia. Tras alejarnos unos metros del refugio decidí grabar un pequeño trozo del trayecto:



La tranquilidad de Gema parecía ahora un mito. Hicimos un alto en mi casa para beber agua y refrescarnos para soportar el calor (y para coger unas cuantas bolsitas, dicho sea de paso). Tras esto, pusimos rumbo al casco antiguo de Baeza; la zona de la catedral y las murallas.
Me quedé helado cuando, acercando a Gema a una gran fuente para que bebiese agua, esta se lanzó dentro de ella de cabeza a nadar. Casi tengo que meterme yo dentro para poder sacarla. Una vez fuera me abalanzó sobre mí, dejando para el resto de la tarde sus huellas en mi camiseta y me lamió la cara varias veces. Jamás hubiera podido pensar que Gema era una perra tan sumamente cariñosa. Estaba tan apurado intentado sacar a Gema de la fuente que olvidé fotografiar el momento, os pido disculpas.

Seguimos caminando, porque Gema no quiere detenerse ni un minuto, es activa y tiene una energía y fuerza envidiables. Ya había notado que Gema era una compañera de paseos estupenda. Ni un tirón de la cadena, ni tener que sujetarla cuando pasaba un coche u otro perro, bastaba siempre con un "Gema, ven aquí". Es muy obediente y disciplinada paseando. Prueba de ello fue la vuelta al refugio, de la que grabé otro pequeño fragmento.



Aquí estaba quizá algo acalorada, pues al hacer la última parada, otra vez en mi casa, no quiso beber agua. No obstante el camino que separa el refugio de mi casa es de apenas quince minutos, que por supuesto hizo con la cabeza y el lomo mojados, y ya eran más de las ocho de la tarde.

Al llegar al refugio descubrí que podía hacerla abalanzarse sobre mí otra vez simplemente dando dos palmadas sobre mi pecho. Nada más que tres horas habían sido necesarias para que Gema, que ya habéis visto lo inteligente que es, confiase plenamente en mí.

Imaginaos el cariño que puede llegar a dar en una casa, rodeada de personas que la quieran tanto como Gema quiere a los demás. Tiene un corazón enorme y se merece ser feliz de una vez por todas.

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